Volvió un rato antes, el clima empeoraba como para quedarse navegando lejos de la costa. Tenía tiempo, por lo que se sentó un rato en un banco del muelle, mirando el mar. Las olas crecían. Era domingo. No quería volver a su casa y su aburrida realidad. Su ojos miraban con aire soñador el azul horizonte, como queriendo naufragar. El barco zamarreado por las olas tiraba fuertemente de su amarra, que lograba arrastrar un pedazo de muelle y consigo mucho más: amarra, muelle y costa.
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