Anochecía. Salí a la calle tras un día laboral. El centro en un par de horas iba a ser quieta penumbra. Iban todos rumbo a sus hogares en una retirada sin vencedores ni vencidos. El tráfico era infernal. La tarde caía y las primeras luces, inútiles como ojos encandilados, irradiaban una oscuridad confusa. El collage de figuras yendo y viniendo me embriagaba a tal punto, que de tanto cruzarse, casi se mezclaban. Mi campo visual era muy estrecho para semejante show óptico. Los torsos apurados esquivaban los haces de luz, evadían bocinazos y seguían su curso entre teléfonos públicos, volquetes y quioscos de revistas; luego rebotaban en vidrieras dormidas, y tras pasar por florerías de luto, se sumergían por las escaleras hasta los subtes infernales. Allí donde el éxodo se da masivo, en una sola carne y miles de fiebres iguales.
No podía delimitar donde nacían y morían las formas que revoloteaban por el aire. Sus contornos ya no delineaban sus figuras originales y se corrían como la tinta fresca con el agua. Trenzados con los demás, revelaban una sola cosa compleja e indescifrable. Imaginé el momento como una cubetera con distintos colores líquidos que al rebalsarse, los pigmentos se mezclan y las formas cuadradas adquieren un destino más caprichoso, yendo hacia un matiz final, el del ocaso. El cielo, los edificios y la cruel calle eran parte del mismo escenario, nebuloso y confuso.
Ante tal marco tuve un último anhelo de realidad y razón. Miré la hora. Ya era tarde: el cristal, las agujas, los engranajes, y todo lo que había sido reloj se había sometido a la sintonía del ambiente. Un cese de identidades, libertinaje total de la materia. No sabía si tomar o no la simbología detrás de estas visiones. Más bien era una metáfora de la metáfora misma, entendida en sentido amplio.
Un cálido rayo del sol sobrevivía a la implacable danza y apenas doraba las copas altas de los cipreses de cemento. Cada vez reflexionaba menos lo que veía, era solo contemplación, total y plena.
Un entramado de notas decían ser sonido a las puertas de mis tímpanos y no eran ni lindas ni feas, no podía hacer esa clasificación. Abrí los ojos para conjugar sonido y formas: eran una sola cosa. Material o inmaterial, ocupaban todo el abanico de mi percepción y supuse que de no tener mis sentidos, mi sensación sería idéntica.
Era como una foto corrida en donde se deducen las figuras originales y se infiere (en dirección opuesta) el caos original. El caos que llevaba le esencia común de lo que me rodeaba. Me deslizaba cada vez mas vacío (o lleno hacia afuera), sin necesidad de mis brazos o piernas, que como agua corrían junto conmigo en ríos de matices ciudadanos, sintiéndome presente en mas de un lugar a la vez. Todo era un río sin cauce, un caudal indomable. Estaba vivo en cualquier lugar existible.
Al querer pensar en mí o evocar un recuerdo me muy confuso, casi imposible. No quedaba reflexión por intentar o recuerdo por añorar. No me percataba de yo mismo y la única meditación posible estaba ahí fuera, con todos y en todo. No había adentro posible. No más búsqueda. Solo salida. Amanecía.
No podía delimitar donde nacían y morían las formas que revoloteaban por el aire. Sus contornos ya no delineaban sus figuras originales y se corrían como la tinta fresca con el agua. Trenzados con los demás, revelaban una sola cosa compleja e indescifrable. Imaginé el momento como una cubetera con distintos colores líquidos que al rebalsarse, los pigmentos se mezclan y las formas cuadradas adquieren un destino más caprichoso, yendo hacia un matiz final, el del ocaso. El cielo, los edificios y la cruel calle eran parte del mismo escenario, nebuloso y confuso.
Ante tal marco tuve un último anhelo de realidad y razón. Miré la hora. Ya era tarde: el cristal, las agujas, los engranajes, y todo lo que había sido reloj se había sometido a la sintonía del ambiente. Un cese de identidades, libertinaje total de la materia. No sabía si tomar o no la simbología detrás de estas visiones. Más bien era una metáfora de la metáfora misma, entendida en sentido amplio.
Un cálido rayo del sol sobrevivía a la implacable danza y apenas doraba las copas altas de los cipreses de cemento. Cada vez reflexionaba menos lo que veía, era solo contemplación, total y plena.
Un entramado de notas decían ser sonido a las puertas de mis tímpanos y no eran ni lindas ni feas, no podía hacer esa clasificación. Abrí los ojos para conjugar sonido y formas: eran una sola cosa. Material o inmaterial, ocupaban todo el abanico de mi percepción y supuse que de no tener mis sentidos, mi sensación sería idéntica.
Era como una foto corrida en donde se deducen las figuras originales y se infiere (en dirección opuesta) el caos original. El caos que llevaba le esencia común de lo que me rodeaba. Me deslizaba cada vez mas vacío (o lleno hacia afuera), sin necesidad de mis brazos o piernas, que como agua corrían junto conmigo en ríos de matices ciudadanos, sintiéndome presente en mas de un lugar a la vez. Todo era un río sin cauce, un caudal indomable. Estaba vivo en cualquier lugar existible.
Al querer pensar en mí o evocar un recuerdo me muy confuso, casi imposible. No quedaba reflexión por intentar o recuerdo por añorar. No me percataba de yo mismo y la única meditación posible estaba ahí fuera, con todos y en todo. No había adentro posible. No más búsqueda. Solo salida. Amanecía.
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