Los comicios tomaron forma luego de escrutarse un 102 % de las mesas. Empezamos lentamente a vislumbrar una oscuridad de distancia entre los candidatos, una nube de diferencia. Ya sabemos qué es lo que se esconde en la niebla. A partir de los resultados, podremos inferir como se inclinarán las encuestas en culo de urna, y finalmente tendremos un claro panorama de lo que desconocemos de la situación.
Los autos van y vienen en dirección contraria a la evidente. En las plazas de maíz los árboles de palomas cagan por el pico y se elevan en vuelos imposibles, calcados de sus obsesiones. La gente camina paralela al garabato de un niño salvo un hombre que a los tropiezos (valga la redundancia), logra dar un paso estable que trata por todos los medios de prolongar, simulándose de una manera muy realista. No le importó hacer el ridículo ante los demás tropezadores.
Entre los gritos seniles, se distingue un niño de unos dos metros de alto, disimulados por sus tacos vencidos de un metro de inocencia. Las escaleras para discapacitados son en realidad monumentos a la quebrada de humahuaca, y los que por allí ruedan vienen con el combo, para empalagar el espectáculo.
La oficina vista de arriba parece un hormiguero. Es un hormiguero. No: fue un hormiguero, y lo que se mueve son los bichos que entraron a comerse las hormigas. Tampoco, son las hormigas muertas, obligadas a moverse aún inertes por los fantasmas desprovistos de invisibilidad: demasiado feos para ser fantasmas; y tal vez muy lindos, para ser dioses.
Los autos van y vienen en dirección contraria a la evidente. En las plazas de maíz los árboles de palomas cagan por el pico y se elevan en vuelos imposibles, calcados de sus obsesiones. La gente camina paralela al garabato de un niño salvo un hombre que a los tropiezos (valga la redundancia), logra dar un paso estable que trata por todos los medios de prolongar, simulándose de una manera muy realista. No le importó hacer el ridículo ante los demás tropezadores.
Entre los gritos seniles, se distingue un niño de unos dos metros de alto, disimulados por sus tacos vencidos de un metro de inocencia. Las escaleras para discapacitados son en realidad monumentos a la quebrada de humahuaca, y los que por allí ruedan vienen con el combo, para empalagar el espectáculo.
La oficina vista de arriba parece un hormiguero. Es un hormiguero. No: fue un hormiguero, y lo que se mueve son los bichos que entraron a comerse las hormigas. Tampoco, son las hormigas muertas, obligadas a moverse aún inertes por los fantasmas desprovistos de invisibilidad: demasiado feos para ser fantasmas; y tal vez muy lindos, para ser dioses.
3 comentarios:
Stip! Stip! Los aplausos con el sobaco son la mejor forma de connomemorarlizar este relato.
Siga así dotor!
la sociedad como un hormiguero, lo que se esconde en la niebla...
Tito también se siente como un parandroide!
saludos
y entonces esta todo tan claro... clap clap mis aplausos con los zapatos de claque...
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