2.9.07
El desconocido
Llegué a la puerta de entrada del edificio. Igualito a los demás, gris, sucio y encerrado. Por un momento tuve miedo de abrirla. Sabía la mierda que me esperaba del otro lado, donde no puedo esquivar la locura contagiosa que da lo peor de mí. Toqué timbre y la chicharra no me abrió: estaba con llave. Le dije que baje, que no abría y no quería esperar mucho o aguantar rezando por que alguien del edifico llegue. En eso vino una vieja muy desconfiada, muy esquiva, que ni me miró y abrió dándome la espalda como diciéndome que con esta pinta ni loca me abría y después sí me habló del otro lado con la puerta entreabierta como espiando y me dijo casi lo mismo, que no podía si yo no tenía llave porque si algo pasaba iba a ser su culpa por haberme abierto, que toque para que alguien baje, que ella no iba a dejarme salir a la calle si no me conocía.
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2 comentarios:
cuando perdimos la inocencia nos condenamos, y es que el que pierde la inocencia se vuelve desconfiado porque sabe de lo que es capaz...
ella no iba a dejarme salir a la calle si no me conocía.
De ser ella tampoco te dejaría ir... sin conocerte.
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